"Descrúcese, no ve que
bloquea su energía", dice Marcela (*) al hombre
que con los brazos cruzados está detrás de una
joven de trenzas rojizas.
Marcela y su amiga
están frente a dos máquinas y veloces
oprimen botones luminosos buscando que en la
pantalla coincidan tres imágenes.
"Rápido, no deje
pensar la máquina, debe ser más veloz que
ella", aconseja a la joven.
Marcela tiene
60 años y la pelirroja unos 23. Las une la
afición por el juego en casinos, donde se
encuentran todas las noches. En tres de esas
noches EL TIEMPO participó de los sueños y
desventuras de los apostadores.
Marcela y la
pelirroja son el primer contacto en esos
desvelos y amaneceres buscando ganarle a una
máquina.
"Que no les
pase lo que a mí -advierte Marcela- que
vivía en México con un buen nivel social.
Allá no permitían estos negocios y cada año
traía entre 5.000 y 10.000 dólares para
jugar, hasta que me quedé. Mi salvación es
devolverme", dice.
Los casinos
funcionan entre 10:00 a. m. y 2:00 a. m.,
aún en Navidad y Semana Santa.
Los clientes,
sin importar su nivel social, rechazan el
diálogo o responden hoscos. Olvidan el mundo
exterior frente a una máquina, ruleta o
cartas. Prohíben toda foto.
A las 7 p.m.
encontramos apostadores comiendo en mesas de
ruletas y baccarat (juego de cartas). "Dan
almuerzo, comida, refrigerio y trago, por lo
general whisky. Nos celebran el Día del
Padre, de la Madre, de Brujas", dice un
empresario que juega acompañado de su
esposa. Al rato entra una pareja con un hijo
y una sobrina.
Ganar o perder
Marcela saca
10.000 pesos, luego 20.000 y al final
50.000. 'Mima' a la máquina pidiendo suerte
y la carga de insultos cuando pierde.
"Hay quienes
vienen con 500 pesos para jugar de a 20
pesos y otros apuestan hasta 50 millones",
dice la administradora de un local.
Una mujer de 40
años observa una máquina que 'vomita'
monedas marcadas con el nombre del casino.
Ganó 80.000 pesos, pero su rostro no refleja
alegría. "Valiente gracia, ya había metido
90.000", dice con amargura.
Hay mucha gente
de la tercera edad de ambos sexos. El humo
de cigarrillo impregna las prendas. "Cambio,
cambio", se escucha a menudo y jóvenes
acuden con paquetes de 2.000 pesos con 40
fichas en papel, que tiran al suelo. Cada
rato pasa un empleado recogiendo esa basura,
lo que queda de la esperanza de un golpe de
suerte.
Una máquina
permite el ingreso de billetes de 5.000
pesos. Juega 'créditos' de 20 pesos. La idea
es hacer coincidir tres figuras. Insertamos
un billete y entre aciertos y errores,
jugando de a 20 pesos, nos dura 12 minutos y
15 un segundo billete. Ya antes, en otros
juegos, habíamos dejado 20.000. Como a ese
ritmo estaremos en poco tiempo sin un
céntimo, a las 12:00 p.m. decidimos salir.
Ahí queda Marcela cuando casi termina sus
50.000.
Un vendedor
ambulante de zapatos desgastados está como
'clavado', de espaldas a la máquina en que
dejó sus ingresos del día.
Otra noche la
cita con la suerte es con la lotería y el
chance. Es una cita que también desde hace
10 años cumple Blanca Miriam Patiño, de 61
años. Dice que pone el billete y el chance
en un altar en su casa a la Virgen de
Fátima. Ha ganado chance pero cumple una
década sin acertar lotería. Como Julio
César, de quien nos cuentan que ganó con el
507 y murió a los 85, luego de 40 años
apostando a las carreras de caballos y
loterías, sin éxito.
En un local de
chance encontramos a 'Lechuguita', de cara
pintada y traje de payaso, su 'pinta' de
pregonero en almacenes. Hace 10 años ganó
80.000 pesos y desde entonces juega 2.000
diarios, sin suerte.
La gente
pregunta por los 'quedados', (números que
llevan mucho sin salir). Por cada peso
apostado pagan 400 en apuesta de tres cifras
y 4.500 por los de cuatro. Los vendedores
ganan el mínimo.
También llega
Pedro, de 31 años, administrador de una
finca. Hace tronar la moto que compró con
los 110 millones que ganó en noviembre
pasado, luego de invertir 20.000 pesos. Es
la primera vez en 15 años que gana un buen
premio y ahora sigue apostando el
Superchance todos los sábados.
Una vendedora
de chance dice que la gente "apuesta a los
que dicen astrólogos, las fechas clave, como
el 9-11".
Explica que el
sistema suma y cuando un número llega a tres
millones no permite más apuestas a ese
número.
Cerca de ahí,
en un costado de la Plaza de Bolívar,
comparten espacio Lucely Cifuentes, madre
cabeza de hogar, Ana Marlén Pulido y Carlos
Alberto Mercha. Son vendedores de lotería.
"Todos vendemos
y no hay enfrentamientos entre nosotros. La
gente espera ganar y nuestro oficio es
tratar de hacer realidad su sueño", dice
Mercha.
Jugamos
máquinas en los casinos, y en chance y
lotería apostamos a los números quedados,
los usuales, varios que nos recomienda una
joven y algunos de nuestra preferencia. La
idea es cubrir todas las posibilidades.
Como canta
Henry Fiol en su disco Mala suerte: "Juego
el 701, sale el 702, juego el 421 sale el
422/ salao, salao, siempre salao". Como
nosotros, que gastamos 60.000 pesos y ahora
toca hacer ajustes para el bus.
* Nombres
cambiados
Hay mucho
control
"No se
escapa que personas utilicen a ganadores de
lotería para lavar recursos, pero se hace
mucho control, se verifica el billete,
procedencia, distribuidora".
Claudia
Ximena Muñoz, directora de Fedelco
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